jueves, abril 14, 2011

Ir de zapaterías

Parto de la idea de que esto solo lo entenderán mis congéneres de género masculino. Para ellas simplemente será una cuestión más de nuestra incomprensión que evidencia cuan primarios somos los hombres. Pues es cierto. Si algo reconocemos nosotros es nuestra “primitivez” y para colmo, nos sentimos orgullosos de ella.
A quién de ustedes no le ha pasado que su pareja le “pida” (con lo que esa petición puede esconder de futuros encuentros amorosos) que le acompañe a mirar zapatos… O lo que es peor; que siendo ya una pareja asentada y acomodada, la amada les suelte “vamos a dar un paseo” y que dicho paseo se desenvuelva por la calle de las zapaterías de su localidad.
No mientan. A todos nos ha pasado.
Y ahí tenemos al pobre diablo llevado de la mano de su objeto de deseo, entrando en cada uno de los locales en cuestión. Y tanto da que sean diez o cincuenta. La cantidad solo afectará al tiempo de tortura. Porque uno sabe de antemano que entrará en todos y cada uno de ellos. Y sabe que en cada uno de ellos asistirá a la prueba de un número indeterminado de zapatos. Y sabe, y eso es lo más terrible, que en cada prueba será sometido a duros interrogatorios, con preguntas trampa como “¿Qué tal me quedan estos, cariño? Y verá, irremediablemente, que la palabra “cariño” va reconvirtiendo su significado del “tú, que sabes mis gustos” hasta el “tú, que eres incapaz de entenderme”.
Lo que no saben ellas es que nosotros no sabemos qué zapato imaginaron en sus mentes. Porque resulta que es así. Resulta que no se va a mirar un par de zapatos reales que les queden bien. En absoluto. Se va a buscar un zapato que ellas tejieron en su mente y que por el hecho del deseo y la imaginación debe existir en alguna estantería remota de algún lugar ignoto.
Además, uno asiste a la descripción del objeto: Color inimaginable, textura incomprensible, forma ininteligible, altura indeterminable. Y todo ello aderezado con la explicación de la ropa con la que deberá combinar. Ropa que uno casi nunca sabe que existe ya que a ella, como mejor la recuerda, es desnuda.
A pesar de todo hacemos el esfuerzo. La amamos y deseamos serle útil. Por esa razón todos empezamos poniendo de nuestra parte y miramos con los cinco sentidos. Incluso los más arriesgados se atreven a comentar cosas como “esos parecen bonitos”, siendo fulminados por una mirada digna del arcángel Miguel, el justiciero. Hacemos esfuerzos, decía, pero son en vano. Llegados a un número indeterminado de zapatos ya no solo no recordamos los vistos, que va, es que ya no somos capaces de filtrar ningún zapato más. Nos supera. Nuestra mente empieza a divagar hacia otros lugares y preferimos dedicar los sentidos a mirar a las otras con cierta lujuria y a ellos con el convencimiento de que mal de muchos…
Al final todo se acaba, incluso las zapaterías por muchas que haya. Pero sabemos que no es verdad. Somos conscientes de que haber llegado al final solo significa volver a empezar. Comenzar de nuevo aplicando un filtro selectivo y entendido solo por ellas que nos devolverá de manera aleatoria a algunas de las visitadas. Otra vez. Otras pruebas.
Lo peor de todo sucede cuando el zapato vencedor, el que compartirá con nosotros los pies de la amada, el único digno entre miles de pares, es el primero que se probó cuando aún lucía el sol y a uno le quedaba una sonrisa en la cara.

2 comentarios:

Montse dijo...

Vamos a ver, yo te explico. Comprar un zapato es una operación de alto riesgo. Es decir, es una pieza cara de nuestro look y hay que mirar bien: que quede bien con tal o cual pantalón, bolso etc. No obstante, en mi caso, yo con la edad (no es que tenga mucha, aún no he llegado a los 40) me he vuelto muy práctica en todo. Y dedicar una tarde a comprar zapatos: pues como que no me lo puedo permitir. Porque cuando eres una especie de superwoman que trabajas 7 horas seguidas fuera de casa, con un bebé, llevas la casa tu sola, vas en transporte público y en coche, etc etc... los zapatos requieren una cosa fundamental: que sean cómodos, que mientras te pasas el día corriendo te ayuden a correr (no a perder el equilibrio) y, sobre todo, que te los puedas sacar de una patada cuando te los sacas al llegar a casa, porque tampoco tienes tiempo de sentarte y sacáretolos delicadamente cual novela de Danielle Steel... Ah!!! En mi caso, cuando en alguna ocasión había preguntado a mi acompañante sobre su opinión... en el fondo no me importaba: o era por preguntar, o por alimentar mi ego... etc etc... :-)

Manel dijo...

No, si la teoría la entendemos.
Y evidentemente esta entrada generaliza y comenta un tópico.
Pero... es que hay cada una... que además va con cada uno...
Lo mejor es disponer de una amiga que acompañe a la susodicha. De ese modo todo el mundo feliz y contento.
Desde tu lado podrías comentar la érotica que tiene para los hombres la contemplación de herramientas en una ferretería. No es mi caso, lo reconozco, pero a algunos creo que un buen taladro o una buena lijadora los pone "tiernos".