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domingo, diciembre 25, 2011

Un personaje respondón

Se mirara por donde se mirara aquello ya no era normal.
Llevaba casi cuatro días para escribir una simple escena en la que dos personajes de mi novela se encontraban en un bar. James, el protagonista, le pasaba un paquete a Morgan, un secundario. La intención era guardarlo porque contenía unas pruebas. Con ellas le evitaba la cárcel al primero.
Sencillo ¿Verdad? Un dialogo tan fácil como:
Protagonista: «Hola, Morgan»
Secundario: «Hola, James. ¿Has traído el paquete?»
Protagonista (contundente): «No…»
Sorpresa del secundario, mi habitual cara de idiota en estos días y escena a la mierda. ¿Cómo podía ser posible que un personaje de mi invención se negara a obedecerme?
Compartir con terceros una situación tan inverosímil era abrir una puerta a la ingesta involuntaria de fármacos. Además estaba claro que el problema no estaba en mí sino en mi personaje. Antes de abandonar por cuarta noche consecutiva decidí retomar el diálogo, pero esta vez permitiría que Morgan indagara en la mente de James.
Protagonista: «No.»
Secundario: «¿Qué ha sucedido, lo has olvidado, te lo han robado, lo has perdido? »
Protagonista: «No, no… Solo que no entiendo porqué debo... ¿Por qué debo entregarte ese paquete? No pinta nada en la historia. Es una estupidez.»
Así que era eso. Él, un mero personaje de una novela que igual no llegaba a alcanzar el adjetivo de “digna», se permitía opinar sobre un paquete importante para mí, porque me representaba el último punto de giro antes del clímax final. ¡Intolerable! Me levanté del ordenador, me serví una copa de vino y me senté de nuevo ante la pantalla a solucionar el problema de una vez por todas.
–¿Cómo te atreves a decidir por tu cuenta? –le tecleé a bocajarro.
–Porque uno de los dos ha de poner remedio a este desastre –respondió.
Me estaba sacando de mis casillas. El golpeteo sobre el teclado debía escucharse en todo el patio de luces cuando continué escribiendo
–¿Quién te crees que eres para decir si esto es un desastre o no?
–Ya lo sabes. Soy James Silver; que por cierto, vaya mierda de nombre me escogiste; y si no he entendido mal, quieres que entregue a Morgan, un tipo que no es de fiar, un paquete con unas pruebas para no terminar con mis huesos en la cárcel.
–Veo que captas la situación. No entiendo entonces…
–Eres tú el que no entiende. No entiendes que el lector se preguntará “¿De donde ha salido esta caja?”. Pensará en las doscientas páginas que lleva leídas y se dará cuenta de que ¡Tachán! No eres novelista sino un puto mago. Será el fin de nuestra carrera. Eso a ti tal vez no te importe, muchacho; pero yo tengo una reputación, por pequeña que sea, y deseo conservarla.
Me dejó de piedra. Tenía razón. Tras meses preparándolo todo, se me había colado un “Deus ex machina” tan cutre como la aparición del T-Rex al final de “Parque Jurásico I” para terminar con los velociraptores.
–¿Qué crees que podemos hacer? –me atreví a preguntar tocando apenas el teclado.
–Cualquier cosa salvo la reescritura. Ni loco pienso repetir esta historia de nuevo. Tenlo claro.
–Tienes razón –confirmé– si quiero presentarme al concurso eso es inviable, no queda tiempo.
–Mira, muchacho, de lo que pasará a partir de este capitulo no tengo demasiada idea ya que no lo has escrito. Pero empiezo a conocerte un poco. Le he estado dando vueltas y una posible solución sería la siguiente: ¿Recuerdas que el asesinato se comete en medio de la calle y de noche?
–Si.
–Pon allí cerca una empresa con cámaras de seguridad en la calle que graben el asesinato. No te costaría más que un par de folios introducirlo.
–Sigue –le dije, cada vez más interesado.
–Después: la periodista, que está para mojar pan y debería haberse enamorado de mí, moverá cielo y tierra para conseguirlas. De ese modo todo se cerraría de manera perfecta sin apenas tocar nada. ¿Cómo lo ves?
¿Cómo lo veía? Maldito interesado. Sí, me resolvió el problema, pero hube de transigir en todo. Su frase recurrente siempre era “Me debes un favor”. De todos modos, hace un rato he conseguido terminar mi novela.
Periodista: « ¡Oh, James! Será tan lindo compartir la vida contigo»
Protagonista: «Tampoco te desmandes, nena. Ahora veamos amanecer desde el puente de Brooklyn y mañana será otro día»
«FIN»

martes, septiembre 21, 2010

Cap. 2 - El casto sacerdote (Borrador)

Al otro lado, el más alejado, Manuel se hallaba absorto en mirar y admirar a cada uno de aquellos cuerpos juveniles que entraban y salían y que ahora, gracias a las palabras del padre, veía con otros ojos. Sentía como su pene reclamaba con más vigor liberarse del sometimiento de la tela y del pecado de pensamiento. Mientras él imaginaba como sería el cuerpo de cada una de las virginales novicias y monjas su verga palpitaba contra su barriga reclamando lo que empezaba a entender como derecho. Al levantarse la novicia recién confesada pudo ver como una mano de padre Serafín asomaba por entre las cortinillas y le hacía una seña, moviéndola en un gesto que significaba claramente que el camino estaba preparado. Entendiéndolo así, el mozo decidió que el momento había llegado y levantándose sigilosamente, se acercó hasta el banco donde se encontraba rezando devotamente la novicia a la espera de su recuperación interior, sentándose tras ella.
Teniéndola ante sí de espaldas, arrodillada de cara al altar, empezó a remangarle suavemente el habito descubriendo unos hermosos y tersos muslos que se prolongaban en lo que se adivinaba un hermoso culo tras la tela que lo escondía. Viéndola así no pudo evitar pensar en lo hermosa que era la obra de Dios, y si eso que tenía ante él ya era hermoso no podía ni siquiera imaginar que paraíso debía existir tras lo escondido.
Decidiose por fin a acercar una de sus manos para acariciar suavemente aquella carne que se ofrecía ante él y le pareció estar tocando lo que tenía la suavidad del talco pero la calidez del hogar. Sus dedos recorrían aquella senda ignota y se aventuraban poco a poco a adentrarse más sin prever aún qué encontrarían. Por su parte, la novicia, cuando notó aquellos dedos que pugnaban por introducirse entre sus muslos sintió necesidad de entreabrirlos y ofrecerse al sacrificio que ahora se le antojaba grato. Tal y como los dedos exploradores sintieron que se les facilitaba el camino retomaron sus ansias exploratorias ascendiendo lentamente hasta desaparecer bajo el último escollo de ropa. Apenas se hicieron invisibles, Manuel sintió algo nuevo, algo aún mejor que lo hallado hasta entonces. Una sedosidad de pelo empezó a cosquillearle los dedos mientras una humedad cálida los envolvía suavizándolos. Al sentirlos en la misma entrada de su virginal intimidad la novicia dejo escapar un leve suspiro, mientras escondía la cabeza entre las manos repitiéndose para sí una enésima ave maría.

miércoles, septiembre 15, 2010

Cap. 1 - El casto sacerdote (Borrador)

El padre Serafín, cura párroco de la iglesia del Remei, situada en un pueblecito pirenaico del que me reservaré el nombre, siempre se había tenido por un hombre casto ya que a lo largo de su extensa vida jamás había conocido mujer ni varón. Formaba parte de su condición huir de ese tipo de tentaciones. Lo que él desconocía era que la castidad es extensiva incluso a uno mismo. Por esa razón mantuvo, aún sin saberlo, una férrea dedicación al pecado de Onán pero que él, gran desconocedor de los misterios que entraña la Biblia, no entendía como tal. Es sabido que en un pueblo pequeño al que apenas nadie se acerca, que no sean sus indígenas o las buenas gentes de los pueblos aledaños, es fácil dejarse llevar por la incultura y el desconocimiento eclesiástico que su cargo debiera haber tenido por sabido.
Mientras fue joven, el padre Serafín, nunca tuvo problema alguno con la efectividad de su verga. Mas bien al contrario: ya fuera en el confesionario, mientras las mujeres o las mozas expiaban sus pecados de lujuria o incluso en la soledad de su habitación, rememorando escotes, pantorrillas o insinuantes culos su mano aviesa tomaba firmemente aquella pulsante herramienta dándole placer tantas veces como fuera necesario.
Pero ¡Ay! La edad no perdona, amigos míos y llegó un momento en el que lo que había mirado al cielo con descaro y cabeza reluciente, casi marmórea, comenzó a decaer por la edad o el esfuerzo. Lo que otrora se plantaba firme como mástil de goleta, se presentaba ahora humilde, mirando apenas al horizonte, sin brillo ni esplendor. Si hubo un tiempo que con cuatro sacudidas bastaba para sacarse las ansias de dentro ahora el apéndice se mantenía vulgar e impertérrito a pesar de los esfuerzos de su diestra mano. ¿Qué nos estará pasando amiga mía?, le preguntaba el párroco a su encogido apéndice. ¿Será momento ya de dejar de degustar lo que de bueno me proporcionabas antes? ¿Habrán terminado aquellos maravillosos días? Esos pensamientos y el sobrepeso que acumulaba en el escroto, llevaron al pobre párroco a andar apesadumbrado, y cuando la humilde gente le preguntaba él respondía tristemente – Hay hijos míos, los tiempos cambian y ya nada es como antes.
Quiso la suerte, no obstante, que sucedieran dos cosas que iban a cambiar por completo aquella situación: La primera fue que entró de monaguillo un mozo quinceañero de muy buen ver al que se rifaban las lugareñas y la segunda, la muerte por edad del confesor del convento de las Esclavas de Cristo que se encontraba en una aldea cercana. Esta situación le obligó a partir de entonces a desplazarse dos veces por semana al nombrado convento para confesar a monjas y novicias. Para dicho viaje se hacía acompañar siempre por Manuel, el monaguillo, ya que no gustaba de viajar sólo por aquellos parajes solitarios.